jueves, 17 de enero de 2013

Bogotá sin Hambre

Aquélla mañana Esteban salía con el ánimo del revanchista. Tantas veces se había enfrentado a situaciones complicadas en la vida que una más sería poco más que un día normal de no haber sido porque la situación en su hogar no podía empeorar, conseguir empleo era cuestión de vida o muerte por inanición: La alacena estaba vacía. Sus críos lloraban al no hallar en sus  platos más que un mendigo trozo de pan, a su lado, acompañándolo con resignada camaradería, un pocillo con agua endulzada con hierba, de manzanilla, para quitarle el insípido sabor. Este había sido el postrero alimento dejado por seis meses de desempleo del otrora entusiasta camarada.

Ahora la revolución era una cuestión del pasado, las luchas de clases estaban ocupando el escenario que aparecía en lontananza, nuevamente la pelea entre los hombres era por miseras monedas para satisfacer las necesidades elementales, sin dejarle al hombre otra posibilidad que la simple existencia. Tan normal en las sociedades capitalistas, más aún tercermundistas, en las que la fortuna, no, la desventura, le permitió nacer.

La pobreza había traspasado los límites de la familia Estrada, compañera permanente del jefe de familia desde su casa paterna, ahora le servía en su propio hogar, abandonándolo solamente para dejarlo sumido en la miseria. Ya no militaba en las filas de los pobres ahora era poco menos que ellos: Estaba en la indigencia.

Bogotá sin dinero es un orbe agresivo, inmenso y atemorizante. Cuánto más para alguien que tiene depositada toda su esperanza en la caridad de la gente, de los millones de personas que deambulan como llevadas por el maremágnum que recorre las vías, sin pensamientos ni sentimientos, simplemente abandonadas al quehacer de las rutinas. Un día habitual para el capitalino natural se vuelve en un calvario para el joven y anquilosado ser.

De lunes a viernes, obtener los recursos para mantenerse los sábados y quizás un día pensar que se ha vivido.